Cuando era niña soñaba en que algún día sería mamá, y tendría una linda familia y una linda casa, un perro, un jardín, muchas flores y un gran amor.
Hoy, que soy mujer, sigo soñando lo mismo, pero la realidad es diferente; hoy se que voy a ser mamá, sé que estoy luchando por tener una linda casa con un pequeño jardín, espero algún día comprarme un perro pero no tengo un gran amor.
Voy a ser mamá soltera, y así en soledad trato de aprender la lección que la vida me está dando. Es mi decisión, y aun así las dudas vuelan sobre mis esperanzas; al final, ha resultado mas difícil de lo que creí, porque la soledad no es buena compañía cuando dentro de uno hay un bebé en gestación.
Junto a mi ángel, crecen mis necesidades de sentirme protegida; si, protegida, yo que siempre he sido tan fuerte y tan independiente, hoy me siento vulnerable y frágil, y no es nada fácil levantarse todas las mañanas con la mitad de la casa vacía, con la mitad de la vida vacía, con la mitad de las esperanzas vacías.
Sin embargo, hay un milagro cotidiano, que con un pequeño movimiento transforma toda esa soledad en una inmensa alegría, un pequeño milagro que se convierte en una gran realidad, un ser pequeño y frágil que sin palabras día con día me alienta y me consuela, me alegra y me sostiene.
Y ese pequeño ángel es el regalo mas bello que la vida me está dando, y si por obtenerlo tengo que pagar el precio de la soledad entonces el costo es poco a cambio de la gran bendición que está sembrada en mi vientre.